Balcón de Infantes

 

COLABORACIONES

       

Pasanteando en América    

Anacronía

 

Estados Unidos es, sin duda, el primer país del mundo para muchas cosas, como el poder militar o la influencia cultural a través de la industria del cine y del espectáculo, y también el más mo-derno si consideramos las nuevas tecnologías y otras historias. Pero en este país tan del siglo XXI todavía hay reductos y prácticas que parecen del XVII.

Toda esta pompa para contar este mes que he visto en varios lugares últimamente gente dedicada a limpiar botas. O sea, limpiabotas de toda la vida (como hace cien años, quiero decir). Me resulta chocante porque nunca los he visto en Infantes, aunque supongo que los hubo, y los pocos que yo llegué a ver en Madrid, creo que hace por lo menos dos décadas ya que desaparecieron.

Se lo comenté a una compañera americana cuando los vi hace unos días en una feria empresarial a la que habíamos ido por trabajo, y ella, texana hasta la médula, me explicó que sobre todo acu-dían aquellos que visten botas de “cowboy”, porque según ella, “las botas ‘de verdad’ son deli-cadas de limpiar”, y a la vez justificaba que algunos de los que venían a la feria quizá venían de trabajar y querían estar presentables para hacer negocios.

Aquí, siendo un poco mala, a mí me dio por pensar que para “esa delicadeza” seguro que existen mil productos, y que lo de limpiarse los zapatos, o las botas, se puede hacer muy bien en casa, ¿no? Y mejor no hablamos del atuendo vaquero y “rancheril” para ir a un evento profesional...

Pero no debe ser sólo una cosa del sur y no debe ser sólo para botas, porque también he visto los “tronos” donde te has de sentar para que te limpien el calzado en las ciudades más al norte como Nueva York, Chicago o Washington D.C., y más recientemente en la recóndita Cincinnati.

El caso es que me parece cuando menos curioso el “reducto”, y desde luego, a los limpiabotas no les falta trabajo, como pude comprobar de primera mano. De hecho, hice la foto que veis en esta feria profesional de la que hablo en Houston, aunque la hice a distancia para que mi cierta incre-dulidad no resultara tan evidente.

Supongo que hicieron un buen dinero los que aquellos días lustraron las pieles de unos cuantos cientos de pares de botas, y no me malinterpretéis, no tengo nada en contra de la honrada profe-sión, pero me resultó una anacronía total y, en cierta medida, hasta un símbolo de desigualdad.

 

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