Balcón de Infantes

COLABORACIONES

         

     

Los quevedos de Sabina

Por: José María Lozano Cabezuelo

 

A Pedro Julián Guijarro, amigo

 

“Los artistas, los que crean, deberían tener terminantemente prohibido abandonar este mundo”. (Rosa María Molina).

 

Dice Felipe B. Reyes de Sabina, entre otras cosas: “En su adolescencia J. Sabina iba para poeta, como casi todo el mundo. Un día se vio con una guitarra en las manos, y entonces se planteó el enigma de una elección: la musa abstracta o la musa del do, re, mi; porque de siempre se ha dicho que las musas llevan a la bigamia. Sabina decidió tirar por la calle de en medio […] Sabina viene de la estirpe de los juglares (recitadores, músicos, acróbatas), y es a la vez tataranieto de Quevedo”.

Estamos absolutamente de acuerdo. Joaquín Sabina escribe desde esa manera narrativa que ofrece el mejor sarcasmo retomando una antigua tradición, la de los versos satíricos, donde Quevedo es el principal y no defrauda nunca. El cantaescritor ha afirmado que en España se ha perdido esa antigua práctica, de ahí su decisión de recoger el testigo de la mejor tradición quevedesca. “Yo sospecho que los quevedos que Sabina usa para perpetrar endecasílabos son los mismos que gastara el propio Quevedo, porque de otro modo raramente se entiende que la música le salga tan esenciada y la mala leche tan atenta”, apunta el periodista Ángel Antonio Herrera.

Ingenio y mala leche son los dos ingredientes imprescindibles utilizados por estos dos poetas “verdaderos y duraderos” -como señaló Ángel González  en el acto en que apadrinó al cantante en la presentación de su libro de sonetos Ciento volando de catorce-  para conseguir un buen poema satírico.

Proclama el escritor argentino Juan Pablo Neyret que las letras de Sabina poseen influencias del rock anglosajón (Bob Dylan), de Georges Brassens, de los poetas vanguardistas hispanoamericanos (César Vallejo, Pablo Neruda), sin dejar de referirse a sus primeras lecturas, que incluyen a Fray Luis de León y Jorge Manrique así como el resto de la tradición española (cabe recordar que en 1968 Sabina inició en la Universidad de Granada sus estudios inconclusos de Filología Románica). Pero el nombre que destaca, y en el cual todos sus críticos coinciden, es el de Quevedo. Sostiene que Quevedo y las características formales básicas del Barroco están imbricados en Sabina. Sabina utiliza las asociaciones impertinentes, los juegos verbales… “Sus letras de uso corriente están entrelazadas con cultismos, equívocos, retruécanos, contrastes y antítesis, así como de construcciones anafóricas y enumeraciones asindéticas, estos últimos, los dos principales tropos de la poética sabiniana”.

Como ejemplo de que ambos utilizan recursos estilísticos parecidos, Neyret compara el poema “Contigo” de Sabina con el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”; para Dámaso Alonso: “ese famosísimo soneto amoroso, que es seguramente el mejor de Quevedo, probablemente el mejor de la literatura española”. Encuentra Neyret con Julia Kristeva y Pierre Laurette en los versos “Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres, / porque el amor cuando no muere mata, / porque amores que matan nunca mueren”, una suerte de glosa de todo el soneto “Amor constante más allá de la muerte”. El segundo terceto del soneto de Quevedo a su vez resume el estribillo de Sabina, y en especial lo hace el último verso: “polvo serán, mas polvo enamorado”. En este sentido, el poeta Luis García Montero define: “Joaquín Sabina es cantante y poeta. Por ajustar más: no un cantante metido a poeta, sino un poeta metido a cantante”.

Cinco años después de “Contigo”, el cantautor habría de editar su primer libro (antes mencionado) como poeta, una compilación de cien sonetos -forma privilegiada del Barroco, nuevamente- titulada Ciento volando de catorce que lo lleva directamente al terreno de la poesía escrita, es decir, a la patria literaria de Quevedo. En el soneto “Coitus interrupto (sic)”, concebido como introito, se presenta diciendo: “Ojalá quien visite este folleto / sea lego en Chaquespiare y en sor Juana, / no compite mi boina de paleto / con el chambergo de Villamediana”.

Ironía y mordacidad, son determinantes en Joaquín Sabina, quien en su poesía y en su música se apresura a reír de todo para no tener que llorar. Y nos lleva a ellas, produciéndonos, juntamente con una forzada carcajada, un doloroso estremecimiento, parecido al que el mismo Quevedo debió sentir: “primero nos faltarán lágrimas que causas de dolor”. Copio y pego unas letras de la canción de Sabina  jugar por jugar: “Propongo corromper al puritano,/ espiar en la ducha a las vecinas,/ ir a quitarle al dios de los cristianos/ su corona de espinas/. Hacen falta cosquillas para serios,/ pensar despacio para andar deprisa,/ dar serenatas en los cementerios/ muriéndose de risa/”.

Defienden los dos talentos valores que son universales e intemporales: el estudio y la sabiduría. “El estudio es ejercicio necesario para saber quién es y quién son los otros, que no importa menos, y es dignidad y prerrogativa para cualquier estado. Hoy es sólo el camino de la grandeza y el superior”, solía decir Francisco de Quevedo. Joaquín Sabina, con paralela sensibilidad, siempre que se tercia hace apología de la cultura, que no es otra cosa que amar la sabiduría. Sinceras, rebosantes de aliento, de humor y escepticismo, son las páginas de Sabina en carne viva, en las que el poeta cantante, espoleado por Javier Menéndez Flores, su biógrafo, decide despejar de una vez las muchas incógnitas que rodean su existencia, “jugándose la boca” y abordando, sin omitir detalle, los grandes temas de su vida: la música, la literatura, la política..., entre otros muchos asuntos. A la pregunta de ¿qué es la cultura? traslado puntualmente su criterio: “Se me ocurren dos o tres respuestas. Primero, es el grado más alto de la evolución de esos animales carnívoros que eran nuestros antepasados de hace millones de años. Segundo, es un modo de hablar con gente de otros siglos. Es decir, yo soy amigo de Dylan, pero también de Quevedo. Ellos no lo saben, pero lo soy. Es el grado más alto de la evolución del primate. Me quedo con estas dos respuestas, aunque tengo una tercera: mientras no haya un salario mínimo cultural por abajo, es decir, mientras no haya alfabetización global y cuatro libros en la casa del más pobre, este planeta será el infierno de Dante.

Cuatro libros en la casa del más pobre, salario cultural mínimo. No creo que sea mucho pedir. Por cierto, de esos cuatro libros, uno debería ser de Homero, la Odisea. Otro debería ser cualquiera de Shakespeare. Otro debería ser el Quijote y el cuarto debería ser Cien años de soledad. Para mí, ése sería el salario mínimo cultural. Ah. No los cuatro libros, sino gente educada para poder leerlos. Los niños, los padres y los abuelos de esa casa tienen que tener el salario mínimo educacional para poder leerlos y entenderlos. Llevamos dos mil años de historia del cristianismo y muchos más de historia, y en ese sentido estamos aún en el Paleolítico inferior. Si esto no se ha conseguido en España, en Estados Unidos o en Suecia es que estamos en el  Paleolítico inferior. Somos los ‘hombres de las cavernas de Platón’. Lo que quiero decir es que si de verdad se quiere enseñar a la gente a que sea más feliz, lo que hay que inculcarles es eso. Los viejos que leen son infinitamente más felices que los que no leen”.

Sabina, que posee una biblioteca de más de diez mil títulos, añade: “A la gente habría que explicarle que la mayor inversión que puede hacer para su vejez, cuando tienen catorce años, es interesarse por los libros porque no está nada mal discutir con Goethe o con Cervantes. Eso es una cosa maravillosa. Si no se hubiese inventado la imprenta, imagínate”. Palabras que resumen el sentir de Quevedo acerca de la letra escrita e impresa, gracias a la cual odemos vivir “en conversación con los difuntos” y escuchar con los ojos a “las grandes almas que la muerte ausenta”.

Los otoños, como a su querida Chavela Vargas, a Joaquín le han ido dorando la piel, endureciéndole el corazón y afilándole hasta lo indecible el escepticismo. Ya la única revolución de la que espera algo y la única que queda después de un siglo XX con tantas hermosas y siniestras revoluciones, con tantos Stalin, la única revolución en la que confía con todo su corazón es la educación: “Lo que no empieza en las escuelas, no será”. Entrañable, sincero y genuino como sus canciones, sentencia: “La cultura hecha como Dios manda es la cosa más divertida del mundo”.

Llegados a este punto hay que llamar al pan, pan, y a Joaquín Sabina, maestro. Personaje único, firma algunas de las mejores letras en español de los últimos 30 años. Mucho verso entra y sale de su garganta destrabucada -“yo no tengo una voz sino un modo de hacer las cosas”, dice de sí mismo-. Sabe jugarse la boca arriesgando una opinión a medias entre la protesta y el desánimo. Y porque el mundo, tal y como lo hemos llevado los hombres, es, permitidme, una puta mierda, se dedica con su voz de lija a ridiculizar y caricaturizar determinados comportamientos (ahí coincide a menudo con Quevedo): “Faltan comadres, sobran heridas, / ladre quien ladre medra el ladrón, / sobran consuelos de malqueridas, / faltan pañuelos con corazón”.

Y ríe con todos los dientes. Quizá por eso escogió como ex libris casi un epitafio: “Perdonen la tristeza”.

 

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