Balcón de Infantes

COLABORACIONES

         

 

Apunte Gráfico

Por Mariano Lorenzo

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El año de Cervantes, año de Fray Juan Gil de Arévalo (1)

Hace unos años, en el congreso de Córdoba (2005) traté sobre este mismo tema, en aquella ocasión coincidiendo con las celebraciones del IV Centenario de la publicación de El Quijote. Mi intención fue llamar la atención sobre el ilustre personaje arevalense que pasó a la historia como el redentor de Cervantes de su presidio en Argel.

        Y conté una historia bonita, de esas que a cualquier cronista le apetece recordar, investigar y publicar para divulgación general. Hoy en 2016, once años después debo volver sobre este tema, en esta ocasión con motivo de las celebraciones del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. Y así debe ser, aunque pudiera parecer reiterativo, cosa ya publicada o poco novedosa, porque creo que una de las labores más importantes de un cronista ha de ser la puesta al día de los temas de su ciudad, siempre que se aporten nuevos datos sobre la cuestión, por las investigaciones de historiadores reputados, y por mi propia investigación. Y rectificar, también, cuando las nuevas aportaciones ofrecen datos que obligan a modificar el discurso que hasta el momento había sido mantenido sobre una historia.

Por eso es mi deber el rectificar y al mismo tiempo es mi satisfacción poder aportar nuevos datos, unos publicados por historiadores reconocidos, y otros que son fruto de mi propia investigación. Estoy convencido que esta es la labor de un cronista y por ello hoy, de nuevo, quiero volver sobre una figura de la historia de mi ciudad, tan interesante como desconocida. Quiero destacar la relación del Trinitario arevalense fray Juan Gil con el escritor universal Miguel de Cervantes Saavedra.

Dentro de la historia cervantina, la redención de Miguel de Cervantes es uno de los acontecimientos más llamativos, dolorosos y también gozosos, aunque al mismo tiempo esté lleno de tópicos y sea quizás uno de los más desconocidos de su historia. Aquel pasaje en que un fraile Trinitario rescató a Cervantes de su cautiverio de Argel,  un episodio que durante mucho tiempo estuvo sumido en el anonimato. Al mismo tiempo es un pasaje de la historia de Arévalo no muy conocido, por la confusión de los datos, que nos han ido llegando escasos y fragmentados.

De Miguel de Cervantes se han tratado mil y una facetas de su vida, humanas y literarias, y pasa por ser el mejor escritor de todos los tiempos en lengua española.  Cuántas páginas se están escribiendo durante este año en que celebramos el IV Centenario de su muerte, para recordar a tan genial escritor, su biografía y su obra. No es así de su libertador, como veremos.

Hoy quiero detenerme en un pasaje biográfico muy concreto, en el que se conocen el inmortal escritor y el humilde trinitario, su redentor, que siempre estuvo discretamente en la sombra. En éste han reparado pocos historiadores y biógrafos, aunque cada vez es un episodio más conocido, porque de él se están conociendo nuevos documentos que nos permiten acercarnos de nuevo a esa historia.

Resulta curioso que la historia del rescatador estuviera sumida durante siglos en el mayor de los anonimatos, pero esto no nos puede extrañar, cuando nuestro escritor apenas disfrutó  de su obra publicada y aún menos de los dineros que sus publicaciones pudieron proporcionarle, amén de la fama, si hasta bien entrado el s. XVIII, aún varios pueblos y ciudades disputaban ser el lugar de su nacimiento. Y fue en latitudes europeas donde descubrieron su obra, a partir de 1612 en que el Quijote fue traducido al francés y al inglés, y allí consideraron sus obras como literatura moderna. Desde entonces fue adquiriendo un reconocimiento internacional que él no disfrutó.

        Trataremos de recuperar, recordar y abrir un capítulo duro, pero bellísimo, de la vida de Cervantes, el de su rescate del cautiverio de Argel y la amistad que surgió entre ambos. Una historia quizás la más turbulenta y definitiva, que quedó grabada en nuestro escritor y su posterior relación con Arévalo a través de su amistad con fray Juan Gil, de tal forma que al final ha creado y estrechado lazos culturales entre Alcalá de Henares, la cuna del escritor y Arévalo, cuna de su rescatador.

        Miguel de Cervantes había participado en 1571 en la batalla de Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», de la que salió herido de dos arcabuzazos, en el pecho y en la mano izquierda,  «…de que quedó estropeado de la dicha mano». Tras estar dos años en Nápoles, siempre orgulloso de haber participado en Lepanto, decidió regresar a la península. Destacó tanto en aquellas jornadas de guerra que de regreso en 1575, traía con él unas buenas cartas de recomendación del propio D. Juan de Austria, el pago a sus méritos militares de las jornadas de Lepanto, para que a su vuelta a la Corte fueran premiados sus servicios al rey y a la corona. Pero Miguel de Cervantes y su hermano menor Rodrigo fueron apresados por los corsarios turcos, cuando regresaban de Italia en la galera Sol, cerca ya de Rosas en la costa catalana, y fueron llevados a Argel.

        Cervantes viviría en sus carnes aquel cruel mercado de esclavos. Y porque «era hombre del rey», como en el argot de los turcos se denominaba a la gente de milicia destacada, eran mucho más valorados por el turco Azán Bajá, su inhumano «dueño», ¡y todo eso a pesar de su merma física!

Aquellas cartas de recomendación que Miguel traía consigo, fueron la espada de doble filo. Si hubieran sido de gran interés para su futuro en la corte, fueron las delatoras de su valía, para aumento de la codicia del turco y fijar así su elevado rescate.

Precisamente el año 1575 en que es apresado Cervantes, llega a la madurez de su carrera religiosa y vocacional de redención de cautivos nuestro ilustre arevalense, fray Juan Gil, cuando es nombrado Comisario General de la Orden en las Indias Occidentales, y con licencia del rey en 1578 viaja al Nuevo Mundo, embarca para predicar allí y en busca de fondos para la redención. De allí debió de volver relativamente pronto «Rico de caudales de los que estima el Cielo, y con algunos de los que adora el mundo, volvió el Venerable Fray Juan Gil a España impelido de la caridad…»

Poco después, el 21 de mayo de 1579 el Consejo Provincial de Castilla, reunido en Medina del Campo, nombró a nuestro trinitario, que ya era Procurador General de la Orden, «Redentor General de Cautivos». Recordemos que la Orden de la Santísima Trinidad es una comunidad religiosa cuyo carisma era la redención de cautivos, como elocuentemente ostentaba el nombre de su convento de Arévalo, «Santísima Trinidad calzada redenpción de cavtivos». Esta orden ponía muchos de sus recursos en la redención de cautivos, en una época de continuas guerras y de un Mediterráneo lleno de corsarios turcos que negociaban con esclavos y se enriquecían con el cobro de sus rescates. Esto requería recursos económicos importantes, pero sobre todo recursos humanos, un importante número de religiosos entregados en vida y alma a esa función.

Como dicen los documentos del libro de la redención que descifraron la autoría del rescate, «...redentor de cautivos por su majestad e por la Orden de la Santísima Trinidad, estante al presente en Madrid…».

Tras cinco años de presidio en Argel, Miguel de Cervantes rodeado de continuas afrentas y circunstancias difíciles, de penurias y humillaciones, se resistía a permanecer en aquella situación de esclavitud inútil y desesperada. Muchos pensamientos de esperanzas y desilusiones pasaron por su mente despierta y cultivada, y también alguna ilusión de poder emprender una nueva vida. Y así, en ese ambiente de cautiverio, fue protagonista junto a otros cautivos cristianos españoles, en cuatro intentos de fuga, que despertaron aún más la ira del turco. El rey de Argel Azán Bajá, llegó a decir, según las crónicas del momento, «que como tuviese guardado al “estropeado español”, tenía seguros sus cristianos, sus bajeles y aún toda la ciudad». Era pues la de Cervantes una vida truncada y de incierto futuro por la cercana posibilidad de partir a Constantinopla para siempre en un viaje sin retorno, porque el rey de Argel había acabado su mandato y regresaba a Turquía.

Fray Juan Gil, Redentor General de Cautivos por la Orden Trinitaria, y Fray Antón de la Bella, redentor por la provincia de Andalucía, llegan al puerto de Argel en la primavera de 1580. Fray Juan Gil, a su llegada para rescatar cautivos y algunas reliquias que habían sido robadas, pronto contacta con Miguel del que ya tenía favorables referencias, además del recado de sus familiares de algunos escudos para su rescate. En esas difíciles circunstancias se conocen nuestros personajes protagonistas de este relato. Cervantes recuperará la esperanza y por ello le estaría siempre agradecido.

De aquella redención son aquellos 111 liberados que el 3 de agosto de ese año regresaron al puerto de Valencia con fray Antón de la Bella. Fray Juan Gil se quedó en Argel para continuar su cometido, siempre inacabado y siempre insuficiente, para resolver aquellos casos extremos y difíciles. Las cosas se complicaron sin haber podido alcanzar el excesivo precio que pedían por el rescate de Miguel de Cervantes y Jerónimo de Palafox que eran los más valorados, mil escudos cada uno. El propio Cervantes había preferido liberar a su hermano Gonzalo, que regresó en el primer grupo. Fray Juan Gil regresa después con otros 42 cautivos rescatados, entre ellos estaba Cervantes, que agradecerá a Dios y a los padres Trinitarios su liberación, y dirá que «no hay en la tierra contento que se iguale al de alcanzar la libertad perdida…».

Fue tan ardua la negociación y tan ajustados los dineros destinados a ello, que parecía una causa perdida. No obstante, de los primeros mil escudos pedidos por el rescate de nuestro escritor, nuestro fraile pudo reducirlo a la mitad, la cantidad que pudo reunir, y aún así, una cantidad bastante mayor al precio de la mayoría de los cautivos.

Nuestro Fray Juan Gil hubo de realizar un último esfuerzo, y así, con el trueque, la mercadería de productos que siempre llevaban en sus viajes, con cambios de moneda, algunos fondos destinados a Miguel, algún préstamo de comerciantes españoles, y otros escudos que nuestro fraile tenía, pudo juntar aquella cantidad que parecía inalcanzable, y por fin, liberar a nuestro escritor, en los últimos momentos, porque la galera estaba a punto de partir del puerto de Argel. Aquel hubiera sido un viaje sin retorno que representaba la muerte o en el mejor de los casos la desaparición para siempre en la lejana y enigmática ciudad de Constantinopla, de la que raramente volvía nadie.

En esta misma redención, Fray Juan Gil también rescató diversas reliquias e imágenes, entre las que destaca una espina de la corona de Cristo, que había sido arrebatada por los corsarios en Tortosa a los marqueses de Ayamonte en 1580.

Como dice el Libro de la Redención, «...por quel dicho padre frai Juan Gil, redentor susodicho… E ansi rescató a Myguel de Zerbantes, natural de Alcalá de Henares, por quinientos escudos de oro. E si no los diera en oro, no se le dieran...». Pero «bien lo merecía aquel gran soldado y poeta, de alma heroica y prendas tan extraordinarias». Azán accedió a los ruegos del fraile y Cervantes, por fin, fue rescatado. Y sonaron los martillos quebrando sobre el banco del bajel los grilletes y las cadenas. Miguel de Cervantes es liberado. ¡El Quijote podría ya escribirse!

Cervantes dirá respecto a su liberación:

«...la fortuna no es otra cosa sino un firme disponer del cielo».

Y respecto a nuestro fraile dirá:

«…cristianísimo, amigo de hacer bien y conocido, porque ha estado otra vez en esta tierra rescatando cristianos, y dio ejemplo de una gran cristiandad y de prudencia».

Ricardo Guerra Sancho

Cronista oficial de la Ciudad de Arévalo (Ávila)

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Dos de los mas grandes hombres, de los muchos que vivieron y habitaron estas tierras del Campo de Montiel, se dieron cita en Villanueva de los Infantes en nuestra edad de oro en aquellos gloriosos  siglos del renacimiento y del barroco español; nos referimos a dos de los hombres que hemos dado en llamar “las luces de Infantes”: Santo Tomás de Villanueva y Don Francisco de Quevedo y Villegas.

Tomás García Martínez, nació en la villa de  Fuenllana a finales de 1486, en casa de sus abuelos, donde fue a dar a luz su madre Doña Lucia huyendo de una epidemia de peste que se había declarado en Villanueva de los Infantes donde el matrimonio tenia la casa familiar; la infancia y juventud del Santo transcurrió en Villanueva, de donde tomó el sobrenombre; murió, ante el Cristo de su oratorio después de ceder los bienes que aún le quedaban, a los 68 años de edad, el día 8 de septiembre de 1555 en Valencia, fue beatificado por Pablo V el 7 de octubre de 1618, y canonizado por el papa Alejandro VII el 1 de noviembre de 1658.

   Don Francisco de Quevedo y Villegas, hijo de Don Pedro Gómez de Quevedo y de Doña María de Santibáñez,  nació en Madrid el sábado 17 de septiembre de 1580, día de las Llagas de San Francisco. Caballero de la orden de Santiago murió el día 8 de septiembre de 1645 a los 65 años de edad.

  Menos de cien años separan el nacimiento de estos hombres singulares que llevaron vidas tan diferentes; Tomás se entrega al estudio, a la vida en el cenobio, al amor a Dios y a sus semejantes; la misericordia es el eje de su vida. Quevedo se entrega al estudio, a la vida cortesana, la política, el amor a España, la intriga y sin ninguna duda hasta al espionaje; fue el mejor lírico y prosista del barroco, el escritor de la dualidad  que  defiende con pasión los valores del espíritu y hace la critica mas dura y despiadada del ser humano.

Sin embargo a pesar de las diferencias, hubo curiosamente muchos puntos en común que queremos destacar aquí.

 Les une por encima de todo una barroca ciudad, una ciudad llena de conventos y de religiosidad: Villanueva de los Infantes; la ciudad donde se cría y aprende sus primeras letras, en el convento de San Francisco, el entonces niño Tomas García; y donde el avejentado y maltrecho escritor don Francisco de Quevedo, tras su salida de la prisión de San Marcos, se refugia para pasar sus últimos años, en el convento de Santo Domingo donde finalmente entrega su vida a Dios.

Mueren los dos, el mismo día, en una fecha muy señalada, la Natividad de nuestra Señora,  el 8 de septiembre día en  el que se celebra la Patrona de Villanueva de los Infantes Nuestra Señora la Virgen de la Antigua.

Estos dos grandes, destacaron por su gran devoción a la Virgen María y su Inmaculada Concepción, tal era la fe de Quevedo en la Inmaculada Concepción que decía: “Mil vidas si las tuviera, las sacrificaría en su defensa”; y conocida fue la inclinación de nuestro escritor a las obras religiosas, las limosnas que hacía, los libros espirituales que escribió y la frecuencia con que recibía los sacramentos de la confesión y la comunión. Y que decir de nuestro Patrón que escribía lleno de amor a María: “Como perla dentro de una concha, así es el Verbo en el seno de la Virgen”.

Ambos recibieron sus primeras letras en colegios de frailes, Tomás con los frailes franciscanos y Francisco con los frailes jesuitas. Los dos estudiaron en la Universidad de Alcalá de Henares; realizaron estudios de teología, según parece ser, Quevedo se ordenó de menores.

El trabajo, la entrega, el estudio eran el día a día de ellos a la vez que enemigos acérrimos fueron del ocio; el escritor lo definía como: “Polilla de las virtudes y feria de todos los vicios”. 

Ambos  personajes fueron retratados por pintores de gran prestigio; Santo Tomás por Juan de Juanes y Francisco de Quevedo por Diego de Velázquez, los dos cuadros originales se han perdido, de ellos quedan copias que aquí reproducimos.

Tuvieron asimismo relación directa con el poder, en su máxima expresión; “ el Monseñor que conmovía hasta las piedras” llego a ser confesor y predicador real y el escritor fue secretario real honorífico.

Desdeñaron cargos, aunque es indiscutible la gran humildad que adornaba a Fray Tomás, pues nuestro Patrón se negó a ser obispo de Granada y solo por obediencia aceptó la mitra de Valencia, nuestro escritor Quevedo rechazó el nombramiento de embajador de Génova.

El papa Paulo V, estuvo presente en actos relacionados con ellos; fue este papa quien mando despachar el Breve de la Beatificación de fray Tomás de Villanueva; a Francisco de Quevedo se le encomendó la misión de convencer al Papa Pablo V a unirse a España contra la Republica de Venecia.


Destacaron estos grandes hombres en su lucha denodada contra la corrupción que asolaba España ya en esos tiempos, sin duda Quevedo aprendió de su admirado beato, y al igual que el, defiende que tanto el el gobernante como el prelado han de ser ejemplo de buen gobierno, de austeridad, de rectitud, de diligencia y de efectividad en sus acciones. Cuando el Santo llega a Valencia hubo de poner orden entre el clero valenciano. Ambos estuvieron recluidos, uno en el cenobio y otro en la prisión, si bien Santo Tomás de manera voluntaria mientras que Quevedo fue condenado a prisión víctima de envidias tramas y venganzas.

Cuando Quevedo vivió en Infantes, conoció de cerca el ambiente tomasino previo a su beatificación, con seguridad, trató con los testigos que declararon en el proceso de beatificación, el proceso comenzó en 1602, y es en 1609 cuando Quevedo inicia sus contactos en Villanueva, y cuando empiezan sus pleitos contra la Torre de Juan Abad, vive en primera persona las fiestas de beatificación y el gran impacto que causaron las mismas; (según se refleja en el libro que escribió su buen amigo Bartolomé Jiménez Patón cuyo manuscrito  fue sacado a la luz por los profesores Abraham Madroñal y Francisco Javier Campos Fernández de Sevilla y editado el año 2016 por la Universidad Libre de Infantes); además de Fray Tomás, su madre doña Lucia que por su caridad y misericordia era considerada santa en Villanueva, y su sobrino nieto fue el famoso Venerable fray Tomas de la Virgen consejero de los reyes Felipe III y Felipe IV; sin duda el insigne poeta se impregnó, indago y conoció la vida de Fray Tomás de Villanueva y nació en el una gran devoción hacia el Santo hasta el extremo que escribió la vida del bienaventurado fray Tomás de Villanueva, obra grande, en la que trabaja por espacio de diez años, era un ejemplo a imitar y lo considera el mejor ejemplo de sabiduría, de perfección ética, de elocuencia; de obediencia, (virtud cristológica por excelencia), de humildad y de misericordia. Quevedo dice que Santo Tomás es un gran español y un gran santo.

El primer libro en prosa impreso de Quevedo fue, curiosamente, “El Epítome a la historia de la vida ejemplar y gloriosa muerte del bienaventurado fray Tomás de Villanueva (editado en 1620). Fue el agustino Fray Juan de Herrera quien encargo el epítome, sabia que ya don Francisco estaba escribiendo la vida del bienaventurado, la historia grande del Santo, y quiso tener esta historia corta para la fiesta de la beatificación con el fin de que las gentes tuviesen noticia del beato. 

 Y tal era la admiración que el escritor profesaba a este bendito Santo que Tomás de Villanueva fue el seudónimo que Quevedo elige durante su estancia en la prisión de San Marcos para firmar la dedicatoria de “Providencia de Dios”. 

Rafael María Ruiz Rodríguez - Secretario General U.L.I

 

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IV CENTENARIO DE LA BEATIFICACIÓN DE SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

 

José Risueño. Sto. Tomás de Villanueva repartiendo lismosnas

El autor destaca en los bordados de la mitra y capa pluvial. Cuadro de composición triangular. Siglo XVIII catedral de Granada.

Miguel Medina

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Rincón Literario

Homenaje A La Agrupación Musical "Santa Cecilia"de Villanueva de los Infantes, dirigida por D. Agustín López Migallón.

(SONETO)

Sube al Cielo la sublime melodía

nacida de variados instrumentos

extendiendo sus notas por los vientos

que, calmados por el arte recibía.

 

La banda, con vigor y maestría

nos llena de inefables emociones

y el joven Director que dirigía

prendido y sereno en sus funciones.

 

Trompetas y requintos, saxofones,

el bombo, los platillos, los trombones,

las flautas, los timbales, el flautín,

con los bajos, percusión y bombardino

que sigue con firmeza su camino

con la insigne batuta de Agustín.

 

(ESTRAMBOTE)

La música nos llena de dulzura

nos colma de fervor y de emociones,

el alma se remonta a las Alturas

sumida en inefables sensaciones.

 

Ignacio Santos Gutiérrez

Mayo 2018

Balcón de Infantes

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